Pueblos abandonados en torno al Puerto de Foncebadón

Hace algún tiempo recorrí los Montes de León para conocer los motivos del abandono de muchos de sus pueblos y las historias de sus antiguos habitantes, acompañado del fotógrafo Ignacio Evangelista, cuyas imágenes acompañan este texto. Algunos de estos núcleos se encuentran cerca del Puerto de Foncebadón, que separa las comarcas leonesas de Maragatería y Bierzo.

Foncebadón, Labor de Rey y Prada de la Sierra

Desde Astorga se toma la carretera provincial LE-142, que coincide con el trazado del Camino francés de Santiago y desde la que se divisa a la izquierda la Sierra del Teleno, monte sagrado de los astures. El camino atraviesa la comarca de la Maragatería y se dirige hacia el puerto de Foncebadón. En el pueblo del mismo nombre, un ermitaño llamado Gaucelmo fundó en el siglo XI una hospedería para peregrinos y una iglesia que más tarde convirtió en abadía, arruinada ya hace tiempo. Su nombre, como el de Fructuoso, Genadio y otros muchos monjes, nos recuerda que estos valles de los Montes de León fueron, en la alta Edad Media, el lugar elegido para la fundación de muchos pequeños eremitorios.

Foncebadón ha sido el paradigma de pueblo abandonado en la provincia de León. Hace mucho tiempo que sólo resisten los inviernos María y su hijo Antonio, aunque hoy les acompañan un buen número de antenas, un coqueto merendero al lado de la carretera y, en los últimos años, excursionistas y huéspedes de un curioso hostal-restaurante en mitad de la calle Real.

Viejas piedras de Foncebadón. Foto: Ignacio Evangelista

En lo alto del puerto de Foncebadón, en la cima del monte Irago, se encuentra uno de los hitos más legendarios del Camino de Santiago: un gran montón de piedras sobre el que se hinca un palo de roble de cinco metros de altura coronado por una sencilla cruz metálica, la famosa Cruz de Ferro. Surgió como señal de separación entre territorios, como muria o divisoria entre la Meseta y el Bierzo, relacionada, quizás, con el culto a Mercurio, dios protector de los caminantes. El montículo fue cristianizado, como tantos otros lugares, y convertido en lugar de referencia para los peregrinos que viajaban a Santiago. Una inscripción recuerda a éstos la obligación de arrojar una piedra al montón, costumbre que han mantenido y fomentado también los segadores gallegos que pedían, de esta manera, protección para sus viajes y trabajos por los campos castellanos. Se ha relacionado esta tradición con el culto a las ánimas, tan arraigado en estas tierras. Muy cerca del montículo, en 1982, la Casa de Galicia en Ponferrada levantó una pequeña ermita dedicada al apóstol y a ella se acercan sus miembros en romería cada veinticinco de Julio para festejar a su patrón.

Al iniciar el descenso, el siguiente pueblo es Manjarín, también despoblado, aunque su antigua escuela se ha convertido en un singular albergue de peregrinos. El resto de sus construcciones se encuentra en ruinas. En 1850, Madoz (101) decía en su Diccionario Geográfico y Estadístico que Manjarín y Labor del Rey eran dos barrios de un mismo núcleo de población, a pesar de los dos kilómetros de distancia entre ambos. Decía, además, que Labor de Rey está situado “en una hondonada a la izquierda del camino de herradura que por el Puerto dirige á Ponferrada; su clima frío y sano: tiene unas 8 casas, iglesia anejo a Manjarín, dedicada a Nuestra Señora de la Concepción; y buenas aguas potables (…) El terreno es montuoso y flojo (…) Producción: centeno, patatas y pastos para el ganado vacuno y lanar que cría. Población: 7 vecinos, 32 almas”.

Estructuras arquitectónicas tradicionales resisten al tiempo en Prada de la Sierra. Foto: Ignacio Evangelista

Efectivamente, para llegar a Labor de Rey debe tomarse el sendero que desciende, al final del pueblo de Manjarín desde la fuente con abrevadero, a la izquierda, hacia dicha hondonada. El disperso caserío de Labor de Rey se ubica en una pendiente del monte lo cual, indirectamente y de manera curiosa, dio, al parecer, nombre al pueblo. La tradición, cuenta Máximo, del vecino pueblo de Prada de la Sierra (donde sólo queda ya un pastor y algunos veraneantes), habla de cómo un rey, en una de sus excursiones habituales por la comarca, estaba paseando por el abesedo (umbría) resbaló a causa de la humedad y dio con sus huesos y su corona en el mojado suelo. Una vecina que presenciaba la escena exclamó al ver la real caída: “Ay, Dios, ¡Qué Labor de Rey!”. El monarca, lejos de enfadarse por el comentario, se dirigió a la señora y le preguntó por el nombre del pueblo, a lo que ella contestó que todavía no le habían puesto ninguno. El soberano decidió entonces bautizarlo con esa exclamación. Esta inclinación de los terrenos del pueblo obligaba, además, a los vecinos a atar sus carros a una argolla sujeta a la pared de cada casa, si no querían verlo deslizarse monte abajo. Estas casas, no más de una decena, se encuentran en un estado de ruina total y carecen de tejados a causa de un incendio que remató al, ya por entonces, maltrecho pueblo. En pie sólo permanece la iglesia, la de la Magdalena, cuya pila bautismal está desmontada y tirada a su entrada, lo cual indica que tampoco el templo fue respetado.

Según el “Codex Calixtinus”, Rabanal del Camino es final de etapa del Camino de Santiago. Y era la cabecera del municipio al que pertenecían los citados pueblos hasta 1974, fecha en que es absorbido por el de Santa Colomba de Somoza. Allí, en Rabanal, viven Ursulino Ballestos y Elvira Fonfría desde hace más de 30 años, cuando se vaciaron sus pueblos: primero el de él, Labor de Rey; algunos años después, el de ella, Manjarín. Los dos nos hablan de la dureza de su vida en ambos pueblos, de los crudos inviernos, del trabajo en la tierra, que se hacía “con vacas, nada de mulas” y de cómo la juventud fue abandonando el pueblo por estos motivos y también por seguir el ejemplo de los que habían emigrado antes y habían hecho fortuna.

Esqueleto de piedra pizarrosa en Labor de Rey. Foto: Ignacio Evangelista

Además, la política forestal de la dictadura franquista y sus masivas repoblaciones con pinos, afectaron especialmente a Labor de Rey, ya que se plantaron estos árboles muy cerca de las casas y ocuparon tierras que habían sido tradicionalmente de pasto, lo que perjudicó a la ganadería, sustento principal de los habitantes del pueblo. Pero ellos nos hablaron también de sus buenos ratos y sus diversiones, como los bailes del domingo amenizados por el tamborilero, entrañable personaje que tocaba al mismo tiempo el tambor y la chifla. Para ello colgaba éste del brazo izquierdo y con la misma mano manejaba la chifla mientras, a la vez, golpeaba el tambor con el palillo que sostenía en la mano derecha. Pero mucho más sonadas eran las fiestas patronales, sobre todo la de Manjarín, por Nuestra Señora de Agosto, a la que acudían los mozos y mozas de todos los pueblos de los alrededores. Y es que sus vidas, además de duras, seguro que fueron también intensas

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