Pueblos abandonados del Bierzo leonés

Hace algún tiempo recorrí algunos pueblos vacíos de los Montes de León, en las comarcas leonesas de la Maragatería y el Bierzo, acompañado por Ignacio Evangelista, autor de las fotografías, y que formaron parte de su proyecto Los pasos perdidos. Intentábamos saber por qué se habían vaciado, y para ello indagamos en sus pequeñas historias y hablamos con algunos de sus antiguos habitantes. Traigo aquí el recuerdo de algunos de estos lugares

Santibánez de Montes

En 1855 se publica Recuerdos y Bellezas de España, con las famosas ilustraciones de Parcerisa y los textos de Jose María Quadrado (104) quien, en el tomo dedicado a Asturias y León, anunciaba así la llegada a El Bierzo: “Vamos a entrar en un país encantado, de nombre, fisonomía y producciones peculiares, poético en sus tradiciones, poblado de monasterios y castillos, fecundo en antiguas memorias y preciosos monumentos”.

Para entrar en el Bierzo hay que hacerlo siempre bajando, salvo que se siga el curso del Sil, a contracorriente. Y es que el Bierzo es una cubeta tectónica, un anfiteatro natural cuyo escenario sería el Bierzo Bajo; los graderíos estarían formados por el Bierzo Alto, de carácter montañoso.

Una leyenda sobre la formación del Bierzo considera a la comarca uno de los últimos caprichos del Creador, que, en su tercer día de trabajo, cuando terminaba de modelar la Cordillera Cantábrica y los Montes de León, apoyó, para descansar, la palma de su mano sobre el terreno, dando lugar así a la hoya berciana, y sus cinco dedos trazaron los cauces por los que iban a discurrir sus principales ríos: Boeza, Noceda, Sil, Cúa y Burbia. Sin embargo, en esta del Boeza-Tremor, el paisaje se ha transformado de forma terrible a causa de la proliferación de cielos abiertos (explotaciones mineras donde el arranque de mineral se realiza sin labores subterráneas), que han llenado de escombreras sus montes, los han atravesado con cientos de pistas han mordido sus entrañas y han ennegrecido pueblos y ríos.

Abandono en Santibáñez de Montes. Foto: Ignacio Evangelista (Los pasos perdidos)

Santibáñez de Montes, o mejor dicho, lo que queda de él, forma parte de este paisaje. Está “integrado” en él como ningún otro. La primera impresión encoge el alma: está situado entre dos profundas cortas, enormes agujeros de donde se extrae el mineral, la antracita. Al lado, gigantescos camiones y excavadoras; sus calles están sembradas de bolsas vacías de dinamita y de trozos de cables detonadores. Parece haber sido engullido por la explotación a cielo abierto. A pesar del abandono y las explosiones, se mantienen milagrosamente en pie varias casas de piedra pizarrosa, con tejados de losa y corredor al exterior, de dos e incluso tres pisos–el inferior destinado a guardar los animales y, de esa manera, calentar el superior–. Son casas tradicionales de la comarca que se encargan de recordarnos que Santibáñez fue uno de tantos pueblos ganaderos del Bierzo. Al final de la población se intuye la zona de huertas y varios frutales, regada por el arroyo Valdevieco, memoria de una feracidad hoy inútil.

Se tiene conocimiento de la existencia de carbón en la zona ya en el siglo XVIII, aunque no se iba a explotar hasta el XIX. Los primeros yacimientos comienzan a producir en 1843 pero va a ser con la llegada del ferrocarril a Torre del Bierzo, en 1881, y a Ponferrada, en 1882, cuando se potencien los yacimientos al verse notablemente mejorado el transporte del mineral. En esta época, en 1872, un italiano, de nombre Cipriano Moro y vecino de Ponferrada, solicita la explotación de una mina llamada La Esperanza en Santibáñez de Montes, que anteriormente ya había sido explotada por un francés, vecino de la población. Ya en el siglo XX, en 1920, Santibáñez alcanza su máximo poblacional, con 180 habitantes. En 1948, dos trabajadores de las minas que volvían a su pueblo, La Maluenga, mueren por congelación al cruzar las montañas y los vecinos de la zona no consiguen encontrar los cadáveres hasta dos meses más tarde; hoy, dos cruces señalan el lugar en que fueron hallados. En 1967 se queda definitivamente vacío. Ya en los años noventa, la empresa Antracitas de Brañuelas detecta vetas de mineral debajo de las casas del pueblo y compra los terrenos para explotarlos.

Cielos abiertos, pueblos enterrados. Santibáñez de Montes. Foto: Ignacio Evangelista (Los pasos perdidos)

Pero Ángel Viloria, uno de los últimos vecinos, no quiere olvidarse de cosas más alegres: él, además de ganadero y agricultor, fue tamborilero aficionado y recorrió algunos de los pueblos de la zona para tocar en bodas y otros festejos; también hacía las veces de herrero, ya que no había en el pueblo. Y nos habló de la romería de la Virgen de las Nieves, la patrona, que se celebraba el cinco de agosto y que luego, a petición del pueblo, se amplió al día siguiente a cambio de la festividad de San Bartolo, que también festejaban. En ella se sacaba en procesión la imagen de la virgen acompañada por el pendón (estandarte) de la localidad. Después había zampona (era el día en que se mataba la mejor oveja) y, por supuesto, baile.

La comida “de diario” era otra cosa: pan de centeno –había ocho molinos en el pueblo, de los que hoy queda algún esqueleto–, frutas en temporada y, sobre todo, caldos, potajes y cocidos, que, cuando se podía, alegraban con productos de la matanza, ese ritual que nutría a las familias de buenas reservas para el duro invierno: chorizos, morcillas, cecinas, y el humilde pero simpar botillo, emblemático embutido berciano hecho con carnes y “huesos poco mondados” de las partes menos nobles del cerdo, como las costillas, el espinazo, el pescuezo, adobados con ajo y pimentón e introducidos para su curación en la mayor tripa del animal. La leyenda cuenta que sus inventores fueron los monjes del monasterio de Carracedo pero, en la actualidad, su lugar de honor está en Bembibre, cabecera de la comarca a la que pertenece Santibáñez, donde se celebra cada año, el primer domingo antes de la Cuaresma, el Festival Nacional del Botillo.

La Balouta

Los turistas que visitan Las Médulas, ese fascinante paraje declarado Patrimonio de la Humanidad, no imaginan que se encuentran muy cerca de un lugar de aquellos que suelen catalogarse como abandonados o deshabitados. Pero en realidad no lo está porque sus destartaladas casas aún guardan vida: la de un nutrido rebaño de cabras. Eso sí, ni siquiera su pastor comparte el pueblo con ellas. Se trata de La Balouta, cuyo nombre significaría algo así como “Valle Alta”.

La Balouta no se entiende sin las Médulas. Este pueblo está integrado en su paisaje minero, y forma parte de este gigantesco monumento a la ambición que fue, en tiempos, la mayor explotación aurífera del Imperio Romano. Sus legiones llegaron a estas tierras del noroeste de Hispania para completar el sometimiento de los rebeldes astures y cántabros y para extraer de su subsuelo, entre otros minerales, el codiciado oro, quizás guiados por este peregrino argumento de Plinio (102): “Las montañas de la Hispania que, por lo demás, son áridas y estériles y que no producen ninguna otra cosa, por fuerza han de producir oro”.

Los romanos explotaron ese yacimiento entre los siglos I y III d.C. y, aunque estas cifras pueden ser exageradas, se habla de más de 100 millones de metros cúbicos de tierras removidas, de 15.000 trabajadores (no esclavos) y de 800.000 kilogramos de oro obtenidos en aproximadamente 200 años. Para extraerlo aplicaron en estas tierras bercianas el sistema de ruina montium, que consistía, básicamente, en deshacer las montañas mediante la fuerza combinada del hombre y del agua. Para ello crearon un complejo sistema de canales, de más de 300 kilómetros de longitud total, que, desde la Sierra de la Cabrera, bordeando montañas y recogiendo el agua de diferentes cauces, llevaba el líquido elemento hasta unos enormes depósitos en la parte superior de la montaña, donde se almacenaba. Excavaron, además, una serie de galerías por las que bajaría después el agua con tal fuerza que arrastraría las tierras, con el oro diseminado, y que eran conducidas hacia los conos de deyección o colas de lavado donde se realizaba la selección del mineral. Precisamente, en uno de estos desagües naturales se encuentra el pueblo de La Balouta.

Ver las imágenes de origen
Casas convertidas en cobertizos de cabras. La Balouta

A lo largo de todo el trayecto se pueden contemplar abundantes restos de la actividad minera como los montones de piedras que el agua no conseguía arrastrar hasta el final de las colas de lavado; los pequeños lagos artificiales formados en los lugares donde el agua no corría hasta su destino final y, por supuesto, el paisaje de picachos rojizos, restos de la montaña deshecha, que son la imagen más característica de este paisaje. Desde el Lago Sumido se divisa también el Lago de Carucedo, de unos cuatro kilómetros de perímetro máximo. Cuenta la leyenda que aquí se encontraba la ciudad de Lucerna, gobernada por el caudillo astur Médulo, de cuya hija, Borenia, se enamoró el general romano Tito Carisio: amada y burlada, la joven lloró tanto su pena de amor que sus lágrimas inundaron la ciudad, sumergiéndola y dando origen al lago. Se cree que la joven, convertida en ninfa y apodada Carisia, sale cada noche de San Juan en busca del amor que la desencante. Aunque, al parecer, no lo ha conseguido, algún mozo asegura bahaber visto en la orilla el peine de cuerno con que Carisia peinaba sus cabellos de oro. En realidad, su origen no fue tan romántico, sino que se produjo al ir obstruyéndose su desagüe hacia el Sil por los lodos y las arenas procedentes de la explotación minera.

En 1904, un argentino llamado José Castaño Posse recorrió la comarca en torno a Las Médulas y escribió de La Balouta que era “un pueblo tan insignificante que es inútil tratar de buscarlo en ningún mapa, diccionario o nomenclátor por muy minucioso que sea”. Se equivocaba, porque ya en 1850 lo citaba Madoz: “yace sepultado entre dos altos muros de rocas cortados verticalmente y distantes entre sí treinta o cuarenta metros, (…) y esta disposición del terreno hace que no se vea el pueblo hasta que se entra en él (…) compónenlo más de media docena de malas casas donde viven miserablemente otros tantos vecinos que entre todos cultivan dos o tres fanegas de tierra linar y algún centeno”. No habla, sin embargo, de una de las mayores riquezas de la zona, los castaños, que forman parte del paisaje de Las Médulas.

Las castañas han sido tradicionalmente una de las bases de la alimentación en la comarca, con platos ya prácticamente desaparecidos, como las castañas con tocino. Si el visitante quisiera acceder al interior de la explotación minera durante la época de recogida de las castañas, no podría hacerlo en coche: una barrera lo impide, evitando así que los amigos de lo ajeno saqueen los castañares de esta zona. Tanto Castaño como Madoz hablan de un curioso lugar muy cercano a La Balouta, la Cueva de la Palombeira, que era, en realidad, una galería minera. Por ella corre abundante agua, formando pequeños lagos interiores que los mozos del pueblo debían salvar en sus cacerías de pichones. A veces lo hacían en barca y otras, ni cortos ni perezosos, a nado, a pesar de la baja temperatura del agua. Otra laguna cercana, la Laguna Negra, se encuentra a más de un kilómetro del pueblo y era el lugar de abastecimiento de agua más cercano para los habitantes del pueblo, que tampoco tenía luz eléctrica. Es de suponer que éstas fueron algunas de las causas por las que el pueblo fue abandonado: la última vecina en irse, la tía Bernarda, lo hizo en 1978. La penúltima, Mariana Rodríguez, se había ido en 1972, quien nos contó algunas de las cosas que acabas de leer. Fue el domingo en que cumplía 76 años, mientras sus ojillos azules brillaban al recordar La Balouta.

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