Mi experiencia viajando con alergias alimentarias

Sin duda la comida en los viajes es un eje importante. Tanto si nos gusta probar cosas nuevas, como si buscamos disfrutar un buen plato o hacer rendir el dinero aprovechando los desayunos incluidos en el alojamiento y comidas del avión. Posiblemente para algunas y algunos no es un tema al que le dediquen mucha atención o especial cuidado. Reconozco que esa era mi situación, antes de enterarme de que tenía alergias alimentarias.

Cómo y cuándo me enteré

Curiosamente, fue luego de un viaje familiar que hicimos durante febrero de 2018 a Cuba. Confieso que esta experiencia empaña un poco mis recuerdos de esas vacaciones, que sin culpa alguna, quedaron marcadas en mi memoria como una de las pocas experiencias negativas que me ha tocado pasar en una travesía.

Antes de profundizar en la explicación, quisiera comentar que tuve la reacción alérgica más grande de mi vida. Durante todo el vuelo de vuelta desde la escala en Panamá hasta Santiago de Chile vine sintiéndome pésimo en el avión. Me costaba respirar y a pesar de poner el aire directo hacia mi cara, mis pulmones no lograban llenarse de aire como es usual. Era de noche y el avión venía oscuro, no quise despertar a nadie, pensé que era algo que pasaría pronto. Con la respiración entrecortada y mi corazón latiendo cada vez más rápido, no pegué pestaña ni un segundo. Cuando al fin pudimos bajar del avión y caminar, empecé a recuperarme un poco, pero mis piernas estaban muy hinchadas.

Al llegar a mi casa en la madrugada, noté que mis tobillos estaban tan inflados que parecían piernas de elefante, me ardían, pero yo seguía pensando que era algo normal, por el vuelo, y que pronto se me pasaría. Mientras me ponía pijama me fije en unas ronchas que me habían aparecido en los brazos y el pecho. Tuve una hemorragia nasal -he tenido contadas en mi vida- una sensación de nauseas y dolor de cabeza me atacó. Recuerdo que la idea de ir a urgencias me daba más miedo que estar enferma de algo. Nunca me han gustado las agujas.

Finalmente, fuimos a la clínica y así terminaron nuestras vacaciones. Con broche de oro y conmigo acostada en una camilla con suero y medicamentos. ¿Pudo haber sido peor? Definitivamente. Los doctores no lograron identificar la causa exacta, pero me aliviaron y pude volver a mi casa después de algunas horas. Al fin a descansar, solo por el momento.

Y… ¿lo de la alimentación?

En los días siguientes fui a ver a algunos doctores, entre ellos a un inmunólogo, quien pareció entender e identificar todos mis síntomas, incluso algunos que tenía en el día a día. Luego de un recorrido por el deprimente historial médico familiar y con el agua al cuello, el doctor me dio varias órdenes para exámenes y dos recomendaciones: “Deja la lactosa y el gluten”.

Lo de la lactosa ya lo intuía, mis papás eran intolerantes desde hace años y a mí me había empezado a hacer mal la leche y sus derivados desde la adolescencia. Nunca la eliminé por completo, ya que el queso es una de mis debilidades. Cuando salía, por lo general no me preocupaba y llevaba una pastilla para paliar los síntomas (Lactaid, que solo venden en EE.UU.) pero que no me libraba del daño interno que me hacía.

La lactosa se encuentra en prácticamente todos los derivados de la leche: helados, yogures, cremas, quesos, mantequilla. Los que se utilizan en muchísimos alimentos de consumo diario. Por suerte, hoy existen muchas opciones sin lactosa, lo malo es que cuando se es muy intolerante, esos productos no sirven. Así que las bebidas vegetales de coco, arroz, almendras, soja y otras, han cumplido un rol fundamental en mi alimentación desde entonces.

El gluten está presente en el trigo, cebada, centeno, avena y sus derivados. Por lo tanto, en un día normal nos encontraremos con productos que contienen gluten en el desayuno, almuerzo y cena. Desde entonces tengo que leer las etiquetas de todo lo que consumo, interrogar a los meseros cuando voy a un restaurant, para finalmente pedir una ensalada y como última medida, tener un mínimo de dos antialérgicos en mi billetera por si algo saliera mal.

¿Cómo lo hago para viajar?

En la maleta

Trato de llevar siempre algunos productos sin gluten ni lactosa como: galletas de arroz, compotas, galletas de maíz, bebidas vegetales, entre otros. De esa forma me aseguro de tener algo que comer en el destino o colaciones. Puedo consumir frutas y verduras de todo tipo, pero no siempre me resulta ser tan saludable.

HE ESCUCHADO QUE EXISTE LA POSIBILIDAD DE LLEVAR UN CERTIFICADO MÉDICO, QUE ACREDITE ESTAS CONDICIONES Y ASÍ PODER PASAR ALIMENTOS O COMIDAS PREPARADAS EN LA CABINA. HASTA AHORA YO NO LO HE HECHO, PERO NO LO DESCARTO A FUTURO, PARA UN VIAJE MÁS LARGO TAL VEZ.

Durante el viaje

Por lo general para vuelos largos, las aerolíneas ofrecen programar el sistema de comidas en sus páginas web antes del viaje. En Delta y Copa he comprobado que es así. Se puede elegir entre los menú: vegetariano, vegano, sin gluten, sin lactosa, Kosher, etc. Me ha funcionado bien también llevar algunos alimentos en el bolso de mano y una botella para poder tomar agua todo el camino.

En los destinos

Luego del incidente y descubrimiento, he viajado a Estados Unidos, Uruguay, Rapa Nui (Chile) y República Dominicana. No ha sido fácil, pero en la actualidad mucha gente está descubriendo que tiene alergias alimentarias, así que es posible encontrar alimentos certificados, incluso en la isla más remota del mundo. Comer frutas y verduras es siempre una buena opción, conversar con los meseros, mirar la carta, llevar snacks en todas las salidas y también medicamentos.

Algunas veces hay que cerrar los ojos y tener fe, obviamente no lo recomiendo para personas que son muy sensibles y que sufren síntomas severos por contaminación cruzada. Esto es solamente lo que yo hago y me ha funcionado hasta ahora. Siempre debemos tener en cuenta que escuchar a nuestro cuerpo es lo más importante, sea aquí o “en la quebrada del ají”. Nuestro organismo es sabio y sabe lo que necesita. Solo hay que identificar las señales y hacerles caso, aunque sea difícil y en ocasiones las omitamos. A pesar de todo… ¡sigamos viajando!

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