Viaje a la intimidad tibetana

El libro “Siete Años en el Tíbet”

Punto de partida

Aún joven, Heinrich Harrer tenía un gran objetivo, el sueño de todo montañero: participar de una expedición al Himalaya. En 1939, con 27 años, logró la hazaña de integrar el equipo de una expedición alemana que haría un viaje de reconocimiento al Monte Nanga Parbat (actualmente ubicado en Pakistán, pero territorio de la India en ese momento) para explorar un nuevo camino a la cumbre; intentos anteriores ya habían costado muchas víctimas.

Sin embargo, con lo que Harrer no contaba, era una guerra y, estar en territorio del imperio británico, interfirió en su regreso. Comienza, entonces, la obra autobiográfica “Siete años en el Tíbet”, en la que narra su trayectoria desde que fue prisionero de guerra en la India y luego fugitivo hasta convertirse en profesor del joven Dalai Lama, un registro exquisito del país, en los más variados temas.

Fugas constantes

En el primer tercio de la obra, se desarrollan sus intentos de escapar del campo de concentración y se destaca el desplazamiento a través de las tierras tibetanas, después de lograr adentrarse en el país; clandestinamente. Los tibetanos eran instruidos para contener vehementemente el avance de cualquier extranjero, bajo pena de castigo severo si no lo hicieran.

Sin embargo, en medio de la Segunda Guerra Mundial, como bien contextualiza históricamente el autor, tratar de obtener asilo en el país neutral fue una decisión a la que no estaba dispuesto a renunciar, por eso se había arriesgado a llegar allí.

Entre los peligros y apuros a que estuvieron expuestos (la aventura se lleva a cabo en compañía del líder de la antigua expedición, Aufschnaiter) y la esperanza incansable de ser aceptado, una descripción geográfica detallada de la ruta siempre está presente, que expone, a través de explicaciones didácticas, el clima, la altitud, el relieve, a veces, incluso, de forma exhaustiva.

El refugio llega

Cuando los amigos finalmente llegan a Lhasa, el lector se deleita con los descubrimientos del autor, que registra minuciosamente los hábitos y la cultura de esta gente completamente aislada del mundo, dedicándoles la mayor parte del libro.

Harrer hace una descripción excelente: arquitectura, decoración, rituales y festividades, política, religión, ocio, vestimenta, comida, técnicas artesanales; una cobertura integral de todo lo que vio y vivió de la sociedad a la que se había unido.

En este momento, el autor también profundiza en la descripción de sus relaciones interpersonales y deja que toda la cortesía, generosidad y hospitalidad de estas personas tan alegres y pacíficas se desborde de una manera cautivadora, y cuyo sentido del humor a menudo se destaca.

Es un retrato, hábilmente reportado, que lleva la imaginación del lector a tratar de comprender cómo, a mediados del siglo XX, todavía era posible que existiera una forma de vida tan primitiva.

El tan esperado encuentro

A pesar de los siete años que el austriaco vivió en el país, fue solo durante el último que tuvo la oportunidad de relacionarse efectivamente con el Dalai Lama. Después de llevar a cabo varios trabajos para la sociedad y para el joven líder, estos, sin embargo, intermediados por su hermano, llega el día en que finalmente se encuentran, y a partir de ahí, comienza el acercamiento entre ellos y una profunda amistad, que lleva a Harrer a convertirse en profesor del soberano. El intercambio de experiencias es grandioso y el autor también revela el proceso de reconocimiento y proclamación de la decimocuarta reencarnación de Buda.

La obra

La evolución de la historia está muy bien trabajada, el autor hace crecer la narración de una manera atractiva, haciendo que el lector anhele continuar desentrañando los misterios que se anuncian. Fusionando lo que está sucediendo en el presente con indicaciones de lo que sucederá en el futuro, Harrer genera expectativas a lo largo de los capítulos, y al dar pistas sobre el sentido de la historia, despierta curiosidad y, en consecuencia, el deseo de continuar leyendo.

Es una obra cuya conclusión lleva a una búsqueda inevitable de información sobre el “techo del mundo” y que despierta el deseo de conocer la “ciudad prohibida” y sus alrededores de la misma manera que lo hizo Harrer: aventurándose paso a paso a lo largo de los años en cada pedazo de tierra.

El extranjero pudo penetrar en los secretos de una sociedad que, en ese momento, no tenía interés en revelarse a nadie. Con simplicidad y sabiduría, consciente de lo que estaba logrando y del objetivo principal que nunca había olvidado – permanecer libre en territorio neutral – se hizo necesario y ganó espacio. Gracias a esta audacia, el mundo y, principalmente, el Tíbet, conserva hoy un registro de muy alto valor: el recuerdo de los tiempos en que eran personas libres y que vivían de acuerdo con sus propias creencias y deseos.

El autor

Heinrich Harrer fue un montañista austriaco que estudió geografía y, en el curso de sus expediciones, se convirtió en escritor, además de fotógrafo y camarógrafo. También demostró habilidades como esquiador. Como buen explorador, viajó por todos los continentes, registrando sus aventuras en una vasta literatura de viajes. Determinado y valiente, siempre tuvo grandes ambiciones y se entusiasmó con los conquistadores de las cumbres, que tuvo como inspiración para enfrentar sus propios desafíos.

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