Un kilómetro de otra Compostela

Casi siempre cuando pensamos en viajar, nuestra mente se traslada a destinos lejanos o exóticos. Pero, primero el confinamiento absoluto y luego la limitación de pasear solo en el radio de un kilómetro, nos han obligado a cambiar de perspectiva. Desde que el 14 de marzo se decretó el estado de alarma en España hasta hoy, hemos viajado virtualmente, hemos hecho viajes interiores, al pasado… y también hemos descubierto lugares muy próximos en los que nunca habíamos reparado.

El Santiago de los picheleiros

Un kilómetro puede parecer demasiado poco, pero a mí me sobra para volver a mis orígenes, a la finca en la que se levantaba la casa de mis abuelos maternos o a la taberna que regentaron mis abuelos paternos. He vuelto a recordar las pipas de vino, el serrín y los papeles de periódico que cubrían el suelo, la lareira de la cocina y un retrete de aquellos en los que solo tenías la marca para los pies. Un espacio semiurbano, al pie de una carretera general, en el que todavía sobreviven hórreos y corrales con gallinas.

En Santiago sobreviven hórreos y corrales con gallinas

Vivo en Santiago de Compostela, meta del Camino de Santiago y de millares de peregrinos. El año pasado sellaron la Compostela -el certificado de peregrinación- cerca de 350.000. Además, cada día llegan otros muchos visitantes en sus vehículos particulares, en autobuses de excursiones, en grupos organizados procedentes de cruceros que atracan en A Coruña o Vigo. Estoy segura, sin embargo, de que ninguno de ellos ha visitado MI ciudad. Tampoco la inmensa mayoría de mis conciudadanos y ni siquiera yo misma, a pesar de que presumo de ser muy de explorar, puedo decir que la conozca.

Cuando se habla de Santiago se dice con mucha frecuencia que no hay nadie que sea realmente de Santiago. He oído en infinidad de ocasiones que es difícil encontrar a un compostelano con padres o abuelos también compostelanos. La afirmación puede ser cierta, pero también es falsa. Depende. Por un lado, se tiende a colocar el foco en el centro urbano -la zona nueva o Ensanche, para distinguirla del casco histórico-, una pequeña parte del municipio poblada sobre todo por profesionales liberales y funcionarios. La mayoría de ellos vinculados a una universidad cinco veces centenaria o al Gobierno autónomico, puesto que Santiago es capital de Galicia.

Por otro lado, el turismo y los servicios han actuado como polo de atracción para habitantes de municipios próximos. No hay ni un solo emigrante -a Suiza, Holanda, Alemania- en varios kilómetros a la redonda que no haya invertido sus ahorros en comprar piso(s) en Santiago y gran parte de estos emigrantes, a su regreso, han montado negocios en Santiago, al amparo de un turismo creciente. 

Pero Santiago también tiene picheleiros -así se nos llama a los compostelanos- con arraigo familiar. Procedemos de los barrios ahora semiurbanos y de una extensísima área rural que son prácticamente desconocidos para el resto de nuestros convecinos. Incluso para nosotros mismos, que tendemos a hacer pivotar nuestras rutinas en torno al centro urbano. Aún no hace tanto decíamos que íbamos “al pueblo”, a pesar de vivir a menos de veinte minutos andando de la Praza do Obradoiro.

Ríos que dieron vida: curtidurías y lavaderos

Estos días, con el kilómetro como límite y una hora de paseo infantil, hemos visitado fuentes, molinos, antiguas fábricas de curtidos y lavaderos. Me encantan los lavaderos. El agua de los ríos Sar y Sarela le ha dado mucha vida a Santiago. Tanta que Compostela llegó a ser, entre los siglos XVIII y XIX, todo un referente en las fabricación y el comercio de pieles. Los lavaderos eran, además, no solo lugar de reunión y trabajo doméstico, sino que en la ciudad ejercían muchísimas lavanderas que preparaban la ropa para otras familias más acomodadas. Buena parte de este patrimonio puede disfrutarse en senderos que siguen el curso fluvial. Sin embargo, salvo los tramos más acondicionados para el paseo, la mayor parte continúan siendo grandes desconocidos.

Ponte dos Tres Ollos, junto a la antigua curtiduría de Pontepedriña

Colinas y miradores

También nos hemos echado al monte. Santiago no es una ciudad llana. Se asienta y está rodeada de colinas, que ofrecen espectaculares miradores. La más popular es el Monte Pedroso. Es habitual subirlo, hasta donde se encuentran las antenas de televisión, para obtener una vista espectacular de toda la ciudad. Cuenta también con una área recreativa -la Granxa do Xesto- y una zona de paseo en el bosque, la Selva Negra. Todos estos puntos se ubican por la misma zona. Pero al Pedroso se puede acceder desde otros muchos puntos. Lo cruzan numerosos caminos abiertos en el bosque. Hemos andado entre carballos, fiúnchos, fieitos o estalotes, la flor de los mil nombres. Decir robles, hinojos, helechos o dedaleras no tiene mucho sentido aquí. De hecho, confieso que he tenido que buscar en Google el nombre en castellano de los estalotes y dudo que nadie en Galicia sepa que se llaman dedaleras o digitales. Ya me lo diréis paisanos.

Estalotes, las flores de los mil nombres

Nuestra primera salida, no obstante, estuvo reservada para un monte que tenemos aún más cerca y que es un gran desconocido, el monte de Deus. En la cima, no muy elevada, se encuentra un mirador. La subida está cubierta ahora por la maleza y el rótulo que explica lo que vemos es prácticamente ilegible pero la vista del casco histórico sigue siendo espectacular. Es este el lugar desde el que solemos ver los Fuegos del Apóstol en la víspera del 25 de julio y al que subimos para pedirle deseos a las lágrimas de San Lorenzo, la lluvia de estrellas de agosto.

Vista de la zona norte y el casco histórico de Santiago desde el mirador del Monte de Deus

Sorpresas en donde menos te lo esperas

Estos días en que no había destino y el objetivo no era llegar sino solo disfrutar al aire libre, hemos podido permitirnos el lujo de vagar. Hemos sido exploradores y descubridores en los límites de un único kilómetro, que, además, es en el que vivimos. Buscamos un lavadero a cuya fuente me hacían ir a buscar agua cuando era niña y, a pesar de saber perfectamente donde estaba, no nos fue tan fácil encontrarlo. El camino que entonces te llevaba hasta allí es hoy en día impracticable debido a la maleza, por lo que tuvimos que encontrar otro acceso. Y aún mejor: los comentarios a mis publicaciones en Facebook nos permitieron conocer uno nuevo, el más bonito de todos. ¡Qué impactante fue descubrir que esas escaleras ante las que pasamos tantas veces no nos dirigían a ninguna casa, como creíamos, sino a un precioso lavadero restaurado! Resulta increíble, ¿verdad? ¿Pero no os lo parece también el hecho de que esta pandemia ha llevado a muchas personas a conocer a sus vecinos puerta con puerta?

El lavadero de Cima da Eira, además de estar restaurado, es un magnífico mirador

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